DEJEMOS QUE EL NIÑO SEA NIÑO, PERO SIN OLVIDAR QUE SU FUTURO ES SER ADULTO.
"El padre sabio es aquel que se da cuenta de que sus hijos tienen su propia serie de identidades y que algunas veces éstas difieren de las de papá y mamá. Y el mismo padre sabio tiene que conciliar ambas" (Kayhyn Whitfill, presidenta de la Asociación Nacional de Padres de Familia de EE.UU.)
Vibra de forma especial el niño con su sensibilidad virginal que le abre una comunicación especial con las músicas eternas de la vida. Su imaginación le permite conformar sueños que toman formas lúdicas (juegos) determinando una conducta de libertad, realización y felicidad.
Algunos piensan que el mundo irreal de fantasías es un derecho del niño, pero que necesariamente debe atentarse contra él para formarlo apto para la vida social y ciudadana que como adulto habrá de enfrentar; en fin, que debe prepararse desde edades tempranas para ser capaz y eficiente, ya que sólo así se convertirá en un futuro adulto de éxitos y un ciudadano útil.
Otros, inspirados en la ternura y sintiendo que en su propia vida son crudos e hirientes los sacrificios que le demandan la adaptación social y sus necesidades propias de eficiencia, opinan que la niñez es esa etapa linda que no volverá jamás y que, por tanto, deberán hacer todo lo posible por que sus hijos la vivan a plenitud, sin preocuparse mayormente por las duras pruebas que deberán enfrentar cuando lleguen a adultos.
Hemos expresado con ligeros argumentos dos posturas opuestas y extremas. Recordemos que en la vida, la capacidad de razonar, ensayar y corregir, unida a la voluntad de esforzarnos, debe actuar sobre las posturas extremas para encontrar una media eficaz, lo cual es un gran ejercicio creativo que supera con mucho el facilismo de adoptar a priori, como correcta, alguna de esas posturas extremas, la cual siempre tendrá una estructura rígida y dogmática.
Ajedrez Social opina que el gran reto de la pedagogía consiste en poner todos sus medios de acción en función de conciliar la realización infantil con la preparación para la vida de adulto y que ello se logrará introduciendo, como formas agradables, retos de adultos suavizados por el concepto de no compromiso con los resultados, pero sí con el nivel de esfuerzo que ellos mismos se propongan realizar.
Cuidado perenne habrán de tener los adultos convertidos en examinadores, de no evaluar al niño por sus logros sino por el cumplimiento del nivel accesible de esfuerzo que se propusieron de acuerdo con su grado de motivación. Las metas generalmente son fijadas por los adultos, no pertenecen al mundo de los niños y por ello generan tensión y violentan innecesariamente la vida infantil, dando paso a una frustración que es la base de futuros complejos e inadaptaciones. Habrán de motivarse retos porque con ellos sí se moviliza y educa el potencial del niño, se garantiza el disfrute del ensayo y la corrección, se garantiza el éxito que está en la realización del esfuerzo accesible y, por tanto, se prepara al niño para la vida sin atentar contra su felicidad necesaria.
El ajedrez en los niños puede y debe cambiar las tensiones de las metas competitivas, que deforman su desarrollo seguro hacia la maestría y atentan contra la niñez necesaria por los retos enfocados a la técnica del juego, que conducen, por añadidura, a la formación natural de la base y madre de todas las culturas, o sea, la cultura mental. El papel de los adultos será conformar y perfeccionar una didáctica ajedrecística que permita a los niños disfrutar las sucesivas etapas de asimilación de la técnica ajedrecística, ajustándolas con las etapas del desarrollo de su pensamiento.
"Un buen idealista es aquel que se traza metas cuando culmina su deber, pero dándoles la forma de retos donde la ternura de la infancia vivida, retenida y floreciente en su corazón, le permite amar el esfuerzo que hace, evidenciando realización y felicidad durante lo realizado y feliz en la acción de hacer que las cosas buenas pasen".
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